No. No sé cómo explicarlo. Es como si flotases de repente. Tus sentidos se magnifican y te sientes invencible cuando realmente eres débil y vulnerable. Pero te gusta esa sensación. Nunca imaginaste como te sentirías. Tal vez lo veías improbable, imposible. Son esas pequeñas cosas. Formalidades. Cosas diminutas que quiebran la aburrida monotonía. Como tomarte un helado en pleno invierno, viajar en helicóptero o hacer puenting. Flotas durante unos segundos y luego te dejas caer. Y te enfrentas a la realidad, cara a cara. No dudas, no imaginas. Sólo afrontas. Y a seguir tu camino, sin más.
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Sus dedos rozan suavemente las cuerdas de su guitarra. No toca nada en particular, tan solo piensa. Piensa que su vida está acabada. Un cigarro prende delicadamente de sus labios. Gruesos. Tristes. Ávidos de besos que ya no reciben. Respira. Parece que hasta eso le cuesta. Una tarea eterna. Le gustaría no depender de ello, pero a veces no es mera necesidad. A veces duele. Su pecho está cargado. Absorbe el humo de su cigarro mientras que sus dedos deciden volver sobre las cuerdas. Tristeza. Soledad. Frustración. Es lo que la melodía representa. ¿La causa? Los errores que ha cometido. La pérdida de ésa persona que antes era suya. Suya. Toda ella. El anhelo de su olor, de sus caricias, de su pelo y de su sonrisa le están volviendo loco. Le encanta la forma en la que ríe y como camina le pierde. Su mirada color café era lo que le desconcertaba hasta que se perdía en el hilo de sus palabras. Pensaba que lo tenía todo asegurado. Que ella sería suya para siempre. Pero las meteduras de pata cobran factura ahora, y se siente solo y desdichado. Perdido e inseguro. Una lágrima cae por su mejilla avergonzada, y su llanto se quiebra en la noche.
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La locura es transitoria. Un sentimiento de éxtasis completo y absoluto. La locura es contagiosa e irregular. Por eso no se mide. No hay ningún cálculo exacto que te diga si tú estás más loco que yo. No hay reglas en este juego. La locura no es enfermedad, es vida. No tiene racionalidad ni es exacta. Carece de miedos e inseguridades. Es pura y es tenaz. La locura es una pequeña parte de nosotros que lucha por salir y solo lo consigue muy de vez en cuando. La locura no miente, porque no tiene nada que esconder. No hablo de la clase de locura que aparece en los diccionarios como una rama de un trastorno mental, si no de aquella que nos hace más vivos, aquella que es sana y divertida. Aquella locura que nos quita los miedos y nos lanza a cualquier parte. No puedes negar que todos estamos locos, raro es el que esté cuerdo…
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Que yo sé cómo me mira mientras me abrocho sus camisas, mientras me cepillo los dientes, o me maquillo. Sus ojos me dicen que tiene suerte de tenerme. Y la verdad, no sé cómo puede estar tan equivocado. “Las apariencias engañan”, solía decirme mi madre cuando sólo tenía ocho años. Y ahora me doy cuenta de la razón que tenían sus palabras. Cada vez que sus ojos me dicen eso, no sé cómo explicarle que está viviendo una mentira. Que se ha enamorado de un prototipo de perfección que no cuadra conmigo. Que cada vez que me toca, o me susurra al oído palabras tiernas, solo me muero por decirle que sus roces me duelen. Que no hay nada que pueda hacerle, por que la única solución es decirle la verdad. ¿Y qué hago, le digo sin más que esta no soy yo? ¿Qué nada es como él se piensa? No, no puedo hacer eso. No puedo perder su mirada nunca.
Sí, yo soy de ésas personas. Del tipo de persona que canta en la ducha y se emociona al hacerlo. De ésas que han aprendido a no darle importancia a los comentarios de las personas que no les importan. De esas personas que cumplen sus promesas, o al menos intentan hacerlo. De esas que cuando estudian encuentran mil cosas por hacer. De las que tienen miedo a hacer lo que sienten, pero que no se les nota. De esas personas que sienten muchas veces que todo se ha ido al traste y que no hay solución. De esas que intentan conseguir lo que se proponen, y no se rinden cuando no lo consiguen. De esas personas que adoran escuchar los problemas ajenos, y dar consejos para solucionarlos, pero de las que luego, quieren reciprocidad. De esas que no se asustan cuando ven un bache en el camino. De esas que se equivocan, pero que saben que tienen derecho a hacerlo. De esas personas que no les da miedo decir lo que piensan, aunque de vez en cuando, piensan que lo mejor es guardárselo para uno mismo. De esas personas que sienten que no pueden, pero que si se lo proponen, lo hacen. Esa clase de personas que adoran reír por encima de muchas cosas, y que odian la bipolaridad, la sensación de superioridad, la antipatía, el egoísmo y muchos más sentimientos desagradables. De esa clase de personas que lloran con las películas, las series televisivas, los libros e incluso con los mensajes de texto. Soy de esas personas que odian que jueguen conmigo, que me engañen y sobretodo saber que ha habido otras que se han reído a mi costa y me han hecho perder el tiempo. No me importa llorar en público, ni tampoco hacer el ridículo, aunque luego sea muy consciente de ello. No me gusta la monotonía, a veces me encantaría romper con la maldita rutina. Soy de esas personas que adoran la música, y que la disfrutan siempre que pueden. De esas personas que intentan no utilizar las palabras “siempre” o “nunca”. También de esa clase de gente que intenta no generalizar. De esas personas que suelen dar más de lo que reciben. De esas, que lo sienten todo mucho y les gusta expresarlo. De esas a las que el chocolate les pierde. De esas que siempre hacen planes pero que difícilmente luego dan resultado. De esas que analizan cada mísero detalle de la situación. De las que le dan vueltas a todo hasta que consigue tener un sentido. De las que se desahogan riéndose de ellas mismas. Esas personas a las que les encanta hablar por teléfono y estar en el ordenador. De esas que en seguida se vician a cualquier cosa. De las que se agobian y se obsesionan. De las que olvidan rápido, sobretodo en lo que al dolor se refiere. De las que quieren, confían y se encariñan de otras personas fugazmente. Soy de esas personas. ¿Y tú?
Tan solo quieres un día gris, en la estación de cualquier tren. Quieres un billete a cualquier parte, no te importa dónde, solo sabes que no quieres volver. Quieres aislarte con tu música porque cuando la escuchas sientes que nada te falta. Y la verdad es que, a pesar de las apariencias, sientes que lo has perdido todo… ¡Despierta, vive, alcanza! Vuelve, no te vayas. ¿Dónde quedarías si te fueses? Escoge quedarte, escoge vivir.
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Y vuelvo a girarme, ahora sé que no va a venir detrás de mí, lo sé porque en realidad no le importo. Jugó conmigo. Y yo fui tan tonta como para dejarme engañar. Ahora las lágrimas caen sin parar por mis mejillas. Todos esos meses viviendo una mentira ahora pagan factura. Él, perfecto, simpático y adorable. Él, que tanto pensaba en mí todos los días al otro lado del teléfono. Él, que me deja y no puedo hacer anda para evitarlo…
Pasan rápidas las horas. La soledad comienza. En el banco de este parque solitario, mi mente sigue vagando por los recuerdos de un verano que parece haberse perdido en las sombras del dolor. Intento rememorar cada momento, teniendo la estúpida esperanza de que de repente suene mi móvil y sea él, diciéndome que estaba equivocado. Qué ingenua. Saco el paquete de tabaco que hay en mi bolso, y me enciendo un cigarro.
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